lunes, 30 de junio de 2008

La Final

Llevaba toda la semana apostando en todas las porras en todos los partidos de España. Y no acerté ni una. Bien. Desde el madrugón del viernes ya estaba pensando en el madrugón que me esperaba el domingo. Cambiábamos el pub irlandés habitual por el Club Español, territorio amigo, por aquello de ser la final. Duele cuando el despertador suena tan pronto. Pero me levanté, con un arrastre de déficit de sueño de una semana de duración.

El caso es que no acerté ni una porra, oye. Ni siquiera la que más o menos pensaba que iba a ganar, con un margen de +-2 días. Porque el fin de semana volví a tener la sensación previa a los exámenes, con nervios en el estómago: o mejor dicho, la de los Reyes, con una noche que se hace larga laaaarga. La noche antes, en la que preparabas la leche y los turrones. Y también me salieron un par de extensiones en forma de teléfonos, una en cada mano. Porque al final, los Reyes vinieron antes.

Ya he hablado contigo, aunque probablemente no te acordarás. Hacía apenas veinte minutos que habías llegado. Me has enviado una foto en la que con los ojos como platos comienzas a observar mundo y a poner caras a las voces que desde hace tiempo venías oyendo. Nos has pillado a todos a desmano. Pero te lo perdonamos todo. Entre otras cosas, porque llegas con una Eurocopa bajo el brazo, sí. Pero sobre todo, porque no hay nadie tan guapo como tú, ni más rico ni más bueno. Que yo ya empiezo a ejercer y a poner cara de pava cuando me cuentan tus novedades, que aún son tus primeras experiencias. Que ya me llaman cansina por aquí, y esto no acaba más que empezar. Y me da igual, porque no podía haber mejor noticia para un día como el domingo. Que tus padres están como una moto contigo, pero no más que los abuelos; sí, esa mujer que no para de hacerte fotos con el pulso temblón y el hombre que objetivamente, claro, dice que eres el mejor. Y aún queda que conozcas a tu tatarabuela, que eso sí que mola, verdad? que suena a siglo XIX, pero que te aseguro que la mujer es bien marchosa. Bueno, y queda que nos conozcamos cara a cara tú y yo. Pero para eso ya queda poco. Y mientras tanto, lo celebro desde aquí.
Ah! y que si tu padre no te cambia el nombre por Xabi o Fernando Torres, desde hace unas horitas eres Alberto! Bienvenido!!

miércoles, 18 de junio de 2008

"Not too often"

Ayer me desperezaba escuchando las noticias en la tele en una suerte de "Buenos días Sydney!". Pensé que lo había escuchado mal, que yo a esas horas tempranas aún no rijo.

Hoy compruebo que mi oido aún sigue fino.


Título: "Choosing to use"

Publicado por: Sydney West Area Health Service

Público final: alumnos de 9º y 10º curso (15-16 años)

jueves, 12 de junio de 2008

Nada y más

Cuando uno se va acercando a Alice Spring ya está curado de espanto. Por el camino ya ha dejado kilómetros de dunas ordenadas y la nada. Y llega al pueblo de escasos 20.000 habitantes y abundantes aborígenes, y se pregunta qué les habrá traído hasta aquí. Qué noticias llenarán el periódico local. Y por qué los taxistas de Melbourne o los guías de Brisbane acaban quedándose aquí. Por qué esta tierra les engancha. Esta tranquilidad de la nada.
Como leí en alguna parte, si Australia es una chaqueta, la Stuart Highway que la recorre desde Adelaida hasta Darwin es su cremallera. Y nada más gráfico. Y nada más real. Porque esta chaqueta australiana tiene una única abertura. Y tan solo un par de pespuntes en forma de más carreterillas secundarias teñidas de rojo. ¿Cómo definir el desierto? Pues tan sencillo como hacerlo con las palabras de siempre: polvo, aridez, sol, horizonte, silencio y cielo reflectante. El outback. Aquí se encuentran los accidentes geográficos más espectaculares. Aquí donde hace millones de años hubo mar, y ahora sólo carreteras rectísimas, larguísimas. Aquí donde se aprende el lenguaje del desierto cuando te cruzas con otro osado viajero que te saluda desde su combi. O con los camiones con remolques eternos y parachoques anticanguro que rápidamente se pierden al fondo de la foto. Aquí (o allí, aunque todavía lo sienta así de cercano) conducir a partir del atardecer es un reto. Por los animales que se atraviesan en la carretera y la oscuridad negra tizón que no deja ver ni alumbrados por las estrellas más numerosas de todo este país.
El desierto tiene piedras. Pedruscos como el Uluru. De una sola pieza y con cinco kilómetros bajo sus pies, o bajo los míos que se pararon justo enfrente. Como un iceberg del que solamente sobresale una mínima parte. El Uluru tiene algo que engancha: el tamaño o sus colores tan susceptibles a la luz. La atmósfera cazaovnis que se crea a su alrededor o su tacto. Surge de pronto, ahí en medio, como si fuera un trozo de pastel caído desde la galaxia más lejana y que hace chof en medio de la nada. El Uluru es la catedral de los aborígenes. Los Anangu, los de allí, siguen protegiéndolo como a un niño, lo cuidan y lo hacen respetar basándose en sus tradiciones y según también el humor con el que se levanten. Porque yo no me imagino pisoteando los pináculos de mi pulcra leonina, debería entender que no nos dieran permiso para trepar literalmente hasta su cima. Y con eso me quedé. Con la imagen de tenerlo impertérrito ante mí, en silencio, como si nos comunicásemos con la mente. Es que ya digo que tiene algo. Pero más allá de amaneceres cambiantes y atardeceres hipnóticos del Uluru, se encuentran las jorobas de Kata Tjuta, las Olgas, las mismas que de nuevo volvieron a atrapar mi vista. Las tres, cuatro horas que uno se pierde subiendo y bajando entre sus jorobas sirven para secuestrarte y no dejarte salir. ¡Pero qué existencia tan callada tienen! ¡Y cómo me alegro de haberlas descubierto! Me quedo sin palabras ante la majestuosidad, el tamaño y el color.
Y cuando aún no he cerrado la boca ante tanta garganta y tanto valle, me encuentro de sopetón, en la frontera otra vez con las dunas cobrizas, con un cañón. El Kings Canyon. Con paredes de caída de 100 metros y vértigos creados a los que no tenemos vértigo. La acústica, perfecta; el eco dolby surroud funciona de maravilla. Y las marcas de la erosión, las cumbres y el asomarse al vacío ayudan a percibir que el corazón funciona correctamente. Así que en estos días, el Uluru, una de las maravillas naturales del mundo, el monolito más grande del mundo, la piedra en bloque con los atardeceres y amaneceres más roji-cobri-púrpuras del mundo, se convirtió en el hermano mediano, en el que pasa desapercibido, pero nunca es olvidado. Obtiene medalla, pero no gana la de oro. Impresiona y encanta, y habla bien de sus hermanos. De las Olgas y el Cañón, con los que comparte sangre apimentada y arbustos y talla.
La experiencia en el desierto es obligatoria. Si te puedes llevar la casa a cuestas, mejor que mejor. Si puedes quedarte a dormir en medio de cualquier parte, mejor que tratar de esquivar canguros. El desierto es Australia, esto también es Australia.

jueves, 29 de mayo de 2008

Akaroa

Porque lo bueno de que la Oficina tenga jurisdicción de dos países así curiosos y dosmilquinientas islas del Pacífico es que en algún momento te manden por ahí por trabajo.

Y te mandan, sí. Nos fastidiaron un puente majete para mandarnos a una feria de alimentación a Nueva Zelanda. Qué mala leche, ¿verdad? Alimentación y Nueva Zelanda. Bfff. Vaya, que me perdí a Hafner por las antípodas, pero gané chorizo y San Miguel. Uno por otro.

De nuevo, no me equivocaba. Dicen que la isla sur gana por goleada a la norte, pero a mi no me gusta discriminar así porque sí, y me quedo con la dos. Que Auckland tiene su algo. El algo que hace que las ciudades se ganen un poco de ti. No se sabe si por lo que tienen o por lo que consiguen sacarte. Y Auckland tuvo para nosotros tranquilidad y un atardecer de lujo desde la torre, desde la que además del puerto, que los neozelandeses son muy de mar, se veía casi casi el otro hemisferio, que casi dábamos la vuelta por el lado cóncavo si nos poníamos de puntillas.

Nueva Zelanda, una vieja amiga, sigue ganando puntos. Y en otoño, al igual que en primavera, los árboles se sonrojan y los carretes en blanco y negro no tienen sentido.

Esta vez cambiamos los glaciares por los geysers. La fauna por la rapídisima afición a la geología con tanto mineral multicolor, tanto vaho sulfurado y tantas aguas termales.

Esta vez nos dio tiempo a ver algo de la cultura maorí, repasando “sociales”, y dejando de lado “natu”. Los ritmos de las matriarcas de las tribus son muy pegadizos; sus ojos bien redondos y primos hermanos del indio que nos acogió en octubre; y sus maneras enganchan, tanto si hablan de sus costumbres o su arte, como si bailan la “haka” con o sin All Blacks de por medio.

Me llama la tierra de los kiwis: yo hablo de mudanza y mi madre no me deja ni mentarlo. Me conformo con pensar que siempre me queda volver, porque siempre me sabe a poco. Al mismo poco que ocupa en el mapa.

lunes, 26 de mayo de 2008

En dos palabras

Apovechando que Inés pasaba por aquí, pues subimos hasta el norte. A Queensland, el Sunshine State, ¿bonito verdad? Y real. Ahí sí que tienen 300 días de sol al año. Y temperaturas otoñales de lujo.

Ésta es la Australia típica. La de postal. Porque vas en barco y cambia el agua de color en cuanto le ponen una pizca de coral al fondo. Ese mismo que da miedo pisar por si le aplastas la kelly a un nemo o le das un pellizco a parte de la Barrera, de la Gran Barrera, la de las corrientes de agua como la M30 y de las tortugas gigantes. La de las estrellas azul mono mecánico y los peces planos como un folio.

Nos dedicamos unos cuantos rayos del sol que sí que calienta, de ese de los 30ºC, y nos homenajeamos con playas recónditas perfectamente diseñadas para emocionarte en tu isla desierta particular. Una de las paradas obligadas en este nuestro hogar de acogida. Esta vez, con los tiburones de vacaciones y las medusas de interinas. Los alrededores de Cairns, el Cape Tribulation, que tiene nombre y apellido de Lost. Playas que acaban en jungla, y al revés. A lo Lost. Que no lo veo. Pero tiene que ser así. Y allí tiramos de sonidos de animales que reptan, ramas que crujen y la luz de la luna como única linterna.
Hoy paso de la gente. Hoy ración de fotos propias y heredadas de lo que han visto nuestros ojos. Porque lo vale.

lunes, 19 de mayo de 2008

Veni, vidi, vinci

Hace ya un mes que decidía celebrar su cumpleaños aquí conmigo. Cumplió entonces su promesa de venir a verme a Sydney. La promesa que me hizo allá en agosto, aún cuando yo todavía no le había dicho que me tocaba Sydney. Y llegó, como si nada, como si hubiera cogido el 21 que pasa por Quintana, a la terminal internacional donde la recogí.

Y como si la hubiese visto ayer. Puede decir que ha visitado todo lo visitable. Que la ciudad ya no tiene secretos para ella. Que se ha hecho amiga de la lluvia y el frío porque a su pesar no le ha quedado más remedio. Y que lo más ilusión le ha hecho ha sido su foto con el koala, opá! que a punto estuvo de meter en el bolso.
A Inés le encantó el surrealismo de ver breakdance en la Ópera. Contemplar el skyline nocturno desde Darling Harbour. Y pasarse dos semanas de avión en avión. Porque aterrizó en Sydney, sí, pero conoció los aeropuertos de Melbourne y Cairns pasando por Townsville.

A lo tonto coincidimo más bien poco, entre ferias y oficina. Pero a mi me toca decir que no con todo el mundo he estado en las profundidades marinas. He saludado lagartos en la selva tropical o he compartido cena de carne de canguro. Muy raro verla y recordar nuestra despedida en septiembre. Pero unas risas pensar que no ha cambiado nada. Que sigue trabajando mucho, que sigue teniendo acento asturiano y que aunque diluvie tiene que estrenar sandalias, sí o sí.
Inés, Inés, Inesita...que cualquier día te me apareces otra vez por aquí con el macuto y tu antifaz nocturno. Que te gustó mucho esto.

martes, 13 de mayo de 2008

Take it easy

Pues el caso es que así a lo tonto casi se ha pasado un mes desde que cogí una tabla por primera vez, y también por última. Me da rabia estar tan poco centrada, tan desactualizada y tan y tan. Porque me apetece sentarme y escribir y describir en condiciones el último mes, extraño e inversamente proporcional a todo lo bueno que ha pasado. A todas las visitas. A todos los viajes. A todo el caos de ése que se disfruta. A las idas y venidas.
Y a las recién llegadas.

Decíamos ayer que las ciudades no tienen aceras, que las palabras se repiten dos veces, que yo lo que soy es Ms, con mucha sed y mucho humo negro en la retina. Tengo batiburrillo en la cabeza de gente que no hace nada. Y de calor sofocante del que atontona. Y es que hoy he dormido bien poco. Muy raro todo. ¿Qué raro esto, verdad?

El caso es que sin la posibilidad de reproducir imágenes gráficas, una pierde la emoción de enseñar al mundo el mundo que tengo por aquí. Me están arreglando la cámara. Y yo estoy en proceso de arreglar el caos disfrutado que comentaba. Vuelve la calma, no por mucho, pero sí hace ligero acto de presencia. Aquí la espero. Y en breve lo cuento.