Llevaba toda la semana apostando en todas las porras en todos los partidos de España. Y no acerté ni una. Bien. Desde el madrugón del viernes ya estaba pensando en el madrugón que me esperaba el domingo. Cambiábamos el pub irlandés habitual por el Club Español, territorio amigo, por aquello de ser la final. Duele cuando el despertador suena tan pronto. Pero me levanté, con un arrastre de déficit de sueño de una semana de duración.
El caso es que no acerté ni una porra, oye. Ni siquiera la que más o menos pensaba que iba a ganar, con un margen de +-2 días. Porque el fin de semana volví a tener la sensación previa a los exámenes, con nervios en el estómago: o mejor dicho, la de los Reyes, con una noche que se hace larga laaaarga. La noche antes, en la que preparabas la leche y los turrones. Y también me salieron un par de extensiones en forma de teléfonos, una en cada mano. Porque al final, los Reyes vinieron antes.
Ya he hablado contigo, aunque probablemente no te acordarás. Hacía apenas veinte minutos que habías llegado. Me has enviado una foto en la que con los ojos como platos comienzas a observar mundo y a poner caras a las voces que desde hace tiempo venías oyendo. Nos has pillado a todos a desmano. Pero te lo perdonamos todo. Entre otras cosas, porque llegas con una Eurocopa bajo el brazo, sí. Pero sobre todo, porque no hay nadie tan guapo como tú, ni más rico ni más bueno. Que yo ya empiezo a ejercer y a poner cara de pava cuando me cuentan tus novedades, que aún son tus primeras experiencias. Que ya me llaman cansina por aquí, y esto no acaba más que empezar. Y me da igual, porque no podía haber mejor noticia para un día como el domingo. Que tus padres están como una moto contigo, pero no más que los abuelos; sí, esa mujer que no para de hacerte fotos con el pulso temblón y el hombre que objetivamente, claro, dice que eres el mejor. Y aún queda que conozcas a tu tatarabuela, que eso sí que mola, verdad? que suena a siglo XIX, pero que te aseguro que la mujer es bien marchosa. Bueno, y queda que nos conozcamos cara a cara tú y yo. Pero para eso ya queda poco. Y mientras tanto, lo celebro desde aquí.
El caso es que no acerté ni una porra, oye. Ni siquiera la que más o menos pensaba que iba a ganar, con un margen de +-2 días. Porque el fin de semana volví a tener la sensación previa a los exámenes, con nervios en el estómago: o mejor dicho, la de los Reyes, con una noche que se hace larga laaaarga. La noche antes, en la que preparabas la leche y los turrones. Y también me salieron un par de extensiones en forma de teléfonos, una en cada mano. Porque al final, los Reyes vinieron antes.
Ya he hablado contigo, aunque probablemente no te acordarás. Hacía apenas veinte minutos que habías llegado. Me has enviado una foto en la que con los ojos como platos comienzas a observar mundo y a poner caras a las voces que desde hace tiempo venías oyendo. Nos has pillado a todos a desmano. Pero te lo perdonamos todo. Entre otras cosas, porque llegas con una Eurocopa bajo el brazo, sí. Pero sobre todo, porque no hay nadie tan guapo como tú, ni más rico ni más bueno. Que yo ya empiezo a ejercer y a poner cara de pava cuando me cuentan tus novedades, que aún son tus primeras experiencias. Que ya me llaman cansina por aquí, y esto no acaba más que empezar. Y me da igual, porque no podía haber mejor noticia para un día como el domingo. Que tus padres están como una moto contigo, pero no más que los abuelos; sí, esa mujer que no para de hacerte fotos con el pulso temblón y el hombre que objetivamente, claro, dice que eres el mejor. Y aún queda que conozcas a tu tatarabuela, que eso sí que mola, verdad? que suena a siglo XIX, pero que te aseguro que la mujer es bien marchosa. Bueno, y queda que nos conozcamos cara a cara tú y yo. Pero para eso ya queda poco. Y mientras tanto, lo celebro desde aquí.
Ah! y que si tu padre no te cambia el nombre por Xabi o Fernando Torres, desde hace unas horitas eres Alberto! Bienvenido!!


Como leí en alguna parte, si Australia es una chaqueta, la Stuart Highway que la recorre desde Adelaida hasta Darwin es su cremallera. Y nada más gráfico. Y nada más real. Porque esta chaqueta australiana tiene una única abertura. Y tan solo un par de pespuntes en forma de más carreterillas secundarias teñidas de rojo. 



El desierto tiene piedras. Pedruscos como el Uluru. De una sola pieza y con cinco kilómetros bajo sus pies, o bajo los míos que se pararon justo enfrente. Como un iceberg del que solamente sobresale una mínima parte. El Uluru tiene algo que engancha: el tamaño o sus colores tan susceptibles a la luz. La atmósfera cazaovnis que se crea a su alrededor o su tacto. Surge de pronto, ahí en medio, como si fuera un trozo de pastel caído desde la galaxia más lejana y que hace chof en medio de la nada. 


El Uluru es la catedral de los aborígenes. Los Anangu, los de allí, siguen protegiéndolo como a un niño, lo cuidan y lo hacen respetar basándose en sus tradiciones y según también el humor con el que se levanten. Porque yo no me imagino pisoteando los pináculos de mi pulcra leonina, debería entender que no nos dieran permiso para trepar literalmente hasta su cima. Y con eso me quedé. Con la imagen de tenerlo impertérrito ante mí, en silencio, como si nos comunicásemos con la mente. Es que ya digo que tiene algo.
Pero más allá de amaneceres cambiantes y atardeceres hipnóticos del Uluru, se encuentran las jorobas de Kata Tjuta, las Olgas, las mismas que de nuevo volvieron a atrapar mi vista. Las tres, cuatro horas que uno se pierde subiendo y bajando entre sus jorobas sirven para secuestrarte y no dejarte salir. ¡Pero qué existencia tan callada tienen! ¡Y cómo me alegro de haberlas descubierto! Me quedo sin palabras ante la majestuosidad, el tamaño y el color.


Y cuando aún no he cerrado la boca ante tanta garganta y tanto valle, me encuentro de sopetón, en la frontera otra vez con las dunas cobrizas, con un cañón. El Kings Canyon. Con paredes de caída de 100 metros y vértigos creados a los que no tenemos vértigo. La acústica, perfecta; el eco dolby surroud funciona de maravilla. Y las marcas de la erosión, las cumbres y el asomarse al vacío ayudan a percibir que el corazón funciona correctamente. 


